miércoles, 17 de febrero de 2010

Lo anacrónico de ser libre



Cándida tiene setenta y ocho años y es feliz, hoy como tantos otros días se encuentra sufriendo la atribulada línea uno del metro de Madrid con el objetivo de dirigirse a casa de su amiga Asunción, con quién compartirá divertidos chascarrillos bañados en Anís del mono.


La miro de soslayo sin retenerla, parece uno más en esta marea humana de cientos de miradas confusas y esquivas mientras el sonido molesto de un perroflauta vociferando una negada demanda de limosna perturba el solemne ambiente de esta mañana cualquiera.


Allí está y yo aún no lo sé, solo y adormilado observo el escote de una hermosa y joven lectora mientras intento disfrazar mi cara de poeta concentrado, pensando en altos conceptos alejados de mi alrededor. De repente, el tren y se para y la señorita advierte que ha llegado a su destino, y yo, lento como soy para todo lo importante no consigo retirar mi falsa mirada llevándome de regalo una amonestación en forma de despreciante gesto.


Avergonzado por tal desenmascarada, miro al suelo contraído no sin antes percatarme de algo fascinante. Veo una luz que empieza a brillar en la oscuridad de los tuneles, algo resalta limpio y libre entre el mar de brumas...


...Allí estaba ella, extrayendo de la bolsa de un supermercado cualquiera un polvorón, un denso y navideño polvorón que acto seguido, transporto a su boca dejándome sumido en un encantamiento del que me costaría despertar. Ella, Cándida, había dado un paso al frente cuando de hablar de libertad se trataba, había roto los axiomas cobardes en los que nos refugiamos los idiotas y me había enseñado, esa misma mañana, que comerse un par de polvorones en el metro en mitad del mes de febrero era un gesto tan grande por aquello que nos gusta etiquetar como libertad como mil revoluciones antaño fracasados...


Yo aún no se si soy capaz de entenderlo en toda su extensión, pero lo que si se, es que esta noche cuando me abandone al reconfortante sueño, lo haré con una sonrisa en la boca

3 comentarios:

Libermann dijo...

Y así éste género nuestro es rescatado de las insondables bisectrices.

Bravo Su Kobrísima

PennyLane dijo...

me ha encantado. Ves Libermann? tenía razón, el romanticismo existe.. sólo que este nuestro, es compartido por pocos. Gracias, señor. Otra bonita historia.

Penny.

Also Known As Eider dijo...

Si no lo digo/escribo reviento.. me encanta la foto de los "empujadores" del metro.. qué gran país Japón!
Gran crónica de la vida diaria por cierto.