miércoles, 24 de febrero de 2010

La tarde anterior




Dicen las personas a las que les gusta hablar del amor que solo los que liberan su mente y se dejan llevar por las mil historias y sentimientos que cruzan el aire alcanzarán a sentir la turbina, la caida y la quimera de la que tanto nos han hablado. Aquella para la cual nos han preparado desde pequeños, la que anhelamos y la que tan pocos consiguen.


James pidió a Diós una imperfección en aquella mujer, porque sintiendo tanto amor como sentía moriría cualquier noche suplicando por una sonrisa. Piedad por favor, piedad...


La tarde anterior, James se sentó en un parque y mientras disfrutaba de un cigarrillo light observó a dos amantes furtivos, una mujer y un hombre rondando los dos los setenta años jugando a ser adolescentes y besándose de forma obscena para todo aquel que no sepa entender nada más allá de su propia mirada.


Cálido y extraño, natural y vehemente aquel beso mal visto dejó a James en un estado extraño de duda, ya que por un lado algo le obligaba a pensar que aquello estaba mal pero no podía evitar sonreir y subir el volumen de su reproductor Mp3 buscando una inexistente canción de amor.


Dió la última calada a su Marlboro y miró alrededor suyo, la vida parecía que nos regalaba un día más mientras los sueños y los fracasos de las almas allí congregadas no se permitían el lujo de pisar el pedal de freno, así que decidió tomar un ejemplo: no uno de esos que te dicen las personas mayores cuando eres adolescente, sino uno de los que quedan escritos a sangre y fuego en el subconsciente mas marcado y volador de nuestra alma.


James se fué, caminó durante unas horas por la ciudad convencido de que hoy era el día y el, aquel que reunía el valor suficiente para hacer lo que debía.


Nunca sabrá esa pareja lo que dejo marcada la vida de nuestro joven, nunca sabrán que su amor hiriente anidado en un alejado ocaso marcó huella en un tipo sencillo que un día supo leer aquellas señales que la vida burlona tiende a mandarnos.


James sonrió, se encendió otro Malrboro y desde ese momento supo que las cosas irían bien.


miércoles, 17 de febrero de 2010

Lo anacrónico de ser libre



Cándida tiene setenta y ocho años y es feliz, hoy como tantos otros días se encuentra sufriendo la atribulada línea uno del metro de Madrid con el objetivo de dirigirse a casa de su amiga Asunción, con quién compartirá divertidos chascarrillos bañados en Anís del mono.


La miro de soslayo sin retenerla, parece uno más en esta marea humana de cientos de miradas confusas y esquivas mientras el sonido molesto de un perroflauta vociferando una negada demanda de limosna perturba el solemne ambiente de esta mañana cualquiera.


Allí está y yo aún no lo sé, solo y adormilado observo el escote de una hermosa y joven lectora mientras intento disfrazar mi cara de poeta concentrado, pensando en altos conceptos alejados de mi alrededor. De repente, el tren y se para y la señorita advierte que ha llegado a su destino, y yo, lento como soy para todo lo importante no consigo retirar mi falsa mirada llevándome de regalo una amonestación en forma de despreciante gesto.


Avergonzado por tal desenmascarada, miro al suelo contraído no sin antes percatarme de algo fascinante. Veo una luz que empieza a brillar en la oscuridad de los tuneles, algo resalta limpio y libre entre el mar de brumas...


...Allí estaba ella, extrayendo de la bolsa de un supermercado cualquiera un polvorón, un denso y navideño polvorón que acto seguido, transporto a su boca dejándome sumido en un encantamiento del que me costaría despertar. Ella, Cándida, había dado un paso al frente cuando de hablar de libertad se trataba, había roto los axiomas cobardes en los que nos refugiamos los idiotas y me había enseñado, esa misma mañana, que comerse un par de polvorones en el metro en mitad del mes de febrero era un gesto tan grande por aquello que nos gusta etiquetar como libertad como mil revoluciones antaño fracasados...


Yo aún no se si soy capaz de entenderlo en toda su extensión, pero lo que si se, es que esta noche cuando me abandone al reconfortante sueño, lo haré con una sonrisa en la boca

lunes, 1 de febrero de 2010

Pongamos que hablo no de tí



Son las 07:16 de la mañana y una noche más, el sueño hace efectiva una orden de alejamiento hace tiempo dictada.


Solo me queda la contemplación de la ausencia y mirar atónito una criatura noble e inocente que desde hace unos días explora incansable nuestro salón (y defeca allí donde le parezca conveniente), me estoy refiriendo sin duda a ese pequeño roedor llamado Toquerito, Sauron para unos pocos y "me cago en su puta madre el puto conejo las pelotas que me ha cagado encima del pijama nuevo" para otros.

Allí está, serio, alerta, impertérrito ante lo desconocido, sacado de su habitat como el africano reclutado para las trirremes romanas y sabiendo que a de dormir lo menos posible para sobrevivir a unos tiranos que intentan domar su noble espíritu a base de caricias y pienso de oferta.

El sabe quienes somos, sabe aprovecharse de ello y maldita sea, que levante la mano a quien no se le encoge el alma cuando semejante criatura de Diós te mira a un palmo de tu cara y te olisquea el cuello. Somos idiotas, débiles y pusilánimes y el consciente en todo momento, y actúa en consecuencia.


Allí estas amigo, te miro a traves de una jaula de la que no me atrevo a liberarte, no quiero ver en tus ojos el valor que me falta ni quiero pensar en lo que haría si tuviera tu determinación, solo te observo, tus patas apoyadas en los barrotes y tu mirada intensa, clamando clemencia para que yo solo mueva mi mano y tu seas libre.



No amigo, me gustaría que estuvieras en tu campo, o donde coño vivan los conejos, pastando libremente mientras copulas con hermosas congéneres pero esta noche no, esta noche como tantas otras me iré a dormir acompañado de todos los miedos que hacen que esté a una hora como esta sentado delante del ordenador.


Este asalto es mío, amigo, pero se quien ha forjado los anales de esta victoria, y el día que te vea erguirte orgulloso, sonreiré discreto mientras me arrodilló en tu honor.


Buena suerte compadre, se que no la necesitarás.