
Dicen las personas a las que les gusta hablar del amor que solo los que liberan su mente y se dejan llevar por las mil historias y sentimientos que cruzan el aire alcanzarán a sentir la turbina, la caida y la quimera de la que tanto nos han hablado. Aquella para la cual nos han preparado desde pequeños, la que anhelamos y la que tan pocos consiguen.
James pidió a Diós una imperfección en aquella mujer, porque sintiendo tanto amor como sentía moriría cualquier noche suplicando por una sonrisa. Piedad por favor, piedad...
La tarde anterior, James se sentó en un parque y mientras disfrutaba de un cigarrillo light observó a dos amantes furtivos, una mujer y un hombre rondando los dos los setenta años jugando a ser adolescentes y besándose de forma obscena para todo aquel que no sepa entender nada más allá de su propia mirada.
Cálido y extraño, natural y vehemente aquel beso mal visto dejó a James en un estado extraño de duda, ya que por un lado algo le obligaba a pensar que aquello estaba mal pero no podía evitar sonreir y subir el volumen de su reproductor Mp3 buscando una inexistente canción de amor.
Dió la última calada a su Marlboro y miró alrededor suyo, la vida parecía que nos regalaba un día más mientras los sueños y los fracasos de las almas allí congregadas no se permitían el lujo de pisar el pedal de freno, así que decidió tomar un ejemplo: no uno de esos que te dicen las personas mayores cuando eres adolescente, sino uno de los que quedan escritos a sangre y fuego en el subconsciente mas marcado y volador de nuestra alma.
James se fué, caminó durante unas horas por la ciudad convencido de que hoy era el día y el, aquel que reunía el valor suficiente para hacer lo que debía.
Nunca sabrá esa pareja lo que dejo marcada la vida de nuestro joven, nunca sabrán que su amor hiriente anidado en un alejado ocaso marcó huella en un tipo sencillo que un día supo leer aquellas señales que la vida burlona tiende a mandarnos.
James sonrió, se encendió otro Malrboro y desde ese momento supo que las cosas irían bien.


