
Decía el Power Ranger azul que la vida es aquello que pasa mientras los demás se dedican a tumbarse en cálidos lechos con personas físicamente de su agrado y sonríen cuando ven a traves del espejo retrovisor de su deportivo nuevo un coche cualitativamente inferior...
En cierta medida, puede ser que tenga razón, aunque no deberíamos tomar como referencia a un personaje juvenil de los noventa, ni una referencia basada en la primera estupidez que a un idiota se le pasa por la cabeza. Es por ello que hoy, y sin olvidar en un presente cercano un ansiado retorno a la prosa poética he decidido que voy a hablar de la cohesión existencial entre la vida y la felicidad inventándome demenciales referencias venidas del lugar mas ignoto que hay entre mi dedo meñique y mi colon.
La felicidad parte de premisas falsas, como decía Spiderman en el especial navidad de mil novecientos ochenta y cinco, solo hay un camino que puede dirigirnos a este fin tan ansiado como desconocido del que se viene hablando en corrillos desde tiempos inmemoriables, y ese camino no es otro que el café.
Si amigos, me habeís oido bien, no vamos a entrar en discusiones vanas con causalidades metafísicas (me gustaría pensar que al menos el cinco por ciento de los que usan este termino entienden lo que significa (yo entre ellos)), ni vamos a gloríficar absurdos conceptos como el amor, los amigos o posesiones materiales... para que te sirve una casa si cuando estas en ella no tienes a quien odiar y para que quieres amar a alguien si a esa persona no le gusta tu aliento cuando te acabas de beber un expresso.
El café es el inicio y el final, es motivador de vida y noble dador de energía, me gustaría pensar en cuantos inutiles y admirados proyectos ha sido parte determinante esa clarividencia que la maravillosa cafeína otorga a nuestros ojos y a nuestra conciencia.
Un día, hace ya mucho tiempo, vi a un buen tipo, creo que se llamaba Enrique, sufrir el miedo de acercarse al abismo de la muerte por una excesiva ingesta de cafeína tratada, desde ese día y habiendo asimilado el porque de la felicidad hoy nos otorga su felicidad ascendente en largas diatribas inolvidables. Sonrie, y nosotros que le conocemos, podemos obviar la idiota sensación de desamparo que reina en los demás presentes cuando esa mueca extraña se refleja en su rostro. Sabemos porque, y lo entendemos. Otra taza por favor.
En fin, como dijo Michael Crichton mientras tomaba un café conmigo en aquella soleada tarde de Nueva York de mil novecientos noventa y dos:
- Idiotas, son todos idiotas...
2 comentarios:
Si bien estoy de acuerdo en que, como bien dijo un anciano profesor de filosofía antes de inmolarse contra una sucursal del ikea, la feliciad no se encuentra en los valores que esta sociedad cochina capitalista nos insiste en inculcar, no puedo más que discrepar con la conclusión última de vuestra diatriba.
Recientemente he descubierto que el último motor y fuente de felicidad no es más que un bol relleno de un caldo de color misterioso y aún más intrigante sabor junto con unos largos fideos, eso es, un tazón de ramen. En mi opinión -que comparto conmigo mismo- sencillamente no se le puede pedir más a la naturaleza que ese pedazo de felicidad licuada y sazonada con desconocidas especias.
Y habiendo desbarrado lo necesario, desaparezco en una nube de humo y me voy a estudiar.
Interesante reflexión, querido Tim, aunque me halló circunspecto al leer que mi texto tiene alguna conclusión final (cosa que no pretendía, y que por mas que releo no soy capaz de hallar)..., espero tener el placer en mi cercana visita a la antigua Vasconia, de poder compartir contigo tal conclusión.
Como usted dice: Farewell y buena suerte con lo que reste de exámenes
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