lunes, 9 de febrero de 2009

El recuerdo olvidado

La noche marcha como hacía tiempo que no tenía a bien hacerlo, siento como el ron ahoga mis miedos y aleja los pensamientos marchitos de mi cabeza. Ester, la compañera de piso de Juan me mira con ojos inquietantes y me invita a charlar con ella en un tonteo divertido e intrigante.

Su compañia es ciertamente agradable y a pesar de no destacar por una belleza deslumbrante, el brillo de su mirada hace que todas las personas que nos rodean en este bar se alejen kilometros de mi sentimiento de existencia.

Bueno, todas las personas no..., hay algo que llama mi atención vigorosamente..., una pieza no encaja en el puzzle de este bar, algo falla...

Un anciano ha entrado tiritando en el bar, y pesar de que en la calle apenas se alcanzan los tres grados, el hombre porta solo una vieja y arrugada camisa de tela. La gente le mira extrañada y un violento silencio sustituye a la risa y la chanza. En un momento, me invade la sensación de que la temperatura del bar ha descendido de golpe.

El anciano intenta solicitar auxilio a un grupo de jovenes que se encontraban al lado de la puerta, y en respuesta solo recibe una negativa en forma de rechazo y salvaje burla.

- ¡Abuelo!, vete a tu casa que ya no tienes edad para estar tan borracho - Le grita una joven

Observé la mirada del hombre, y sentí como un puñal atravesaba mi alma. Corrí presto a coger mi chupa y a apartar a todos los cuerpos que me impedían llegar a mi objetivo.

Le puse en la prenda en los hombros y me miro cerrando los ojos en señal de alivio.

- No se preocupe buen hombre. Vayamos fuera de aqui, cerca hay una iglesia, no es mucho pero los soportales evitan que pegue el viento.

Cuando salí a la calle, un fuerte olor a vino barato inundo mi nariz y me sirvió para fijarme en su agachado rostro. Andaría pasados los ochenta años aunque el peso del dolor y del tiempo le hacían parecer que tenía doscientos.

Llegamos hasta nuestro destino y ayude a mi acompañante a sentarse en el banco de entrada de la iglesia. La cerrada estructura del templo nos abrazaba y nos daba un pequeño respiro en aquella inhospita velada.

- ¿Como se llama? - Le pregunte

- No me acuerdo - Me dijo levantando la mirada y clavándome dos vidriosos ojos azules - Solo necesito que me ayudeis a llegar a mi casa...

Su voz sonaba como una letanía legañosa de alguién que busca el consuelo en aquellos que pueden escuchar.

Cuando acabo su frase, gire el rumbo de mis ojos y vi acercarse a Ester.

- He llamado al Samur, para pedirles que traigan unas mantas y algo caliente.

- ¡No necesito unas mantas, maldita sea! - Exclamó el anciano - Necesito llegar a mi casa, mi mujer me espera y seguro que necesita mi ayuda despues del bombardeo...

- ¿Bombardeo? - Dijimos Ester y yo al unísono - ¿Que bombardeo?...no se a que te refieres...

- ¡Pero en que mundo vivis, diantre! Han arrasado la ciudad y no os habeís enterado.... los nacionales han dejado entrar a todos esos malditos bombarderos alemanes y han asesinado a todo lo que han pillado..., la semana pasada enterré a mi propio hermano y ahora temo por mi mujer ...

Mientras pronunciaba estas palabras cayo en un profundo trance con la ojos abiertos y la mirada perdida en el vacio como si de un ataque epiléptico se tratase.

Repercutiendo sus palabras como una campana en mi cabeza sentí como la presión de mi corazón aumentaba, la expresión del hombre brillaba en un episodio obsceno de esquizofrenía si, pero también reflejaba el sufrimiento de una persona de una forma tan cruda que creo que los presentes no estamos preparados para aceptar.

Ester me miro preocupada al mismo tiempo que empezamos a oir las sirenas de la ambulancia una calle mas abajo. Al instante, ella partio fuera de la iglesia para hacer las indicaciones a la unidad movil del SAMUR que veíamos que se acercaba a lo lejos.

De repente, la expresión del anciano dió un vuelco y una lágrima empezó a derramarse por su enjuta mejilla, mientras con un nudo en la garganta balbuceo:

- Amanda...., cariño que te han echo..., dime algo por favor, dime algo...no te preocupes mi amor, te vas a poner bien...

Dichas esas palabras, el hombre perdió la conciencia y cayo sobre mi hombro inerte.

- ¡Ya hemos llegado! - Dijo energicamente un joven que, junto a otros dos desplegaron una camilla para atender al anciano.

Uno de ellos le puso la mano en el cuello y su jovial expresión se tornó en un preocupante alarido solicitando el "shocker" y el nombre de una extraña sustancia acabada en "ina".

Le tendieron entre dos en el suelo y le colocarón el aparato en el pecho repetidas veces, hasta que el mayor del grupo dijo:

- Dejarlo chicos, no podemos hacer nada..., se nos ha ido...ha muerto de frío.

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